Jorge Daniel Vásquez
La modernidad además de una actitud, ha sido un proyecto que históricamente sirvió para crear la utopía del progreso irrefrenable. Tras la salida de la época del oscurantismo de la edad media, la razón que la humanidad de occidente dio a luz a través del continuo desenvolvimiento en las artes y la ciencia se convirtió en el soporte fundamental de los ideales que dieron forma a la democracia y la organización de los Estados-nación. Este “gran proyecto” no acontecía fuera de la firme construcción de un ethos que sea capaz de asegurar el triunfo del “homo sapiens” sobre el resto de las especies. El mito de Prometeo, aquel que robara fuego a los dioses para dárselo a los hombres, es el relato que orienta la performatividad de ese nuevo tipo de ser humano orientado por la razón. Hasta la edad media la razón era esclava de la fe y la explicación religiosa de los fenómenos naturales y del orden social predominaba ante cualquier otra posibilidad de explicación, pero cuando la humanidad de occidente “desempolva” la razón la explicaciones no se le piden más a la fe sino a la ciencia y la tecnología.
El otro soporte fundamental del ethos modeno es el cultivo de la libertad individual, que en el espíritu de la modernidad consiste en que el sujeto pueda hacer lo que decidiere. Este soporte fundamental está a su vez apoyado en la razón lógica debido a que ésta es el fundamento de la libertad absoluta (con lo que “la razón” termina siendo en definitiva el principio y fin de la cosmovisión moderna). La libertad se consigue en la medida que el sujeto tenga la capacidad de decidir sobre una razón lógica, es decir, decidir mediante un proceso armónica y equilibrado de reflexión, porque la racionalidad no es un contenido, sino un método, un procedimiento mental para decidir. Con este modelo se empieza a destruir el concepto de poder central (que ha sido representado por M. Foucault bajo la figura del panóptico) y empieza el concepto de democracia en la forma que amenaza al poder.
La libertad individual da pie a que pueda haber algo colectivo pero siempre que sea decidido; con lo cual se suscita el problema de quién decide lo que es correcto para el colectivo. Por eso para Hegel, uno de los filósofos representativos de la modernidad y posterior a Kant, esta libertad o capacidad de decisión está supeditada a lo normativo que apunta a que entre el mal y el bien siempre la predilección sea por el bien.
El mismo Hegel distingue entre la existencia de una modernidad extrínseca de carácter objetivo y que se hace palpable en el desarrollo económico, en la tecnología, en el consumo y que incluso puede medirse mediante indicadores; de una modernidad intrínseca de carácter subjetivo, entiendo lo “subjetivo” como una referencia a la búsqueda de la construcción del individuo como sujeto; es decir, que el sujeto decida sobre sí. A su vez, como una consecuencia de esta preponderancia de la razón y los descubrimientos científicos entraron en crisis los criterios morales predicados por las instituciones religiosas lo cual devino en un espíritu burgués, como derivado de la individualidad surgida en el campo ético que separó la economía de las normas morales.
Estas ideas que históricamente constituyeron el legado a las nuevas generaciones tomaron forma gracias a que los constantes cambios o “revoluciones” a nivel científico, industrial, cultural y político en el mundo contemporáneo entran en crisis. Los críticos de la Escuela de Frankurt, con Jürgen Habermas como el representante más actual, proponen que la modernidad es un proyecto inacabado y que por lo tanto la crisis está en que ha cumplido su promesa de desarrollo constante por lo tanto cualquier propuesta fractal sería únicamente una resignación ante el escenario actual y por último una postura neoconservadora. Sin embargo, el escenario que describen los posmodernos, especialmente Lyotard y Vattimo, se puede percibir fácilmente si nos detenemos a observar las nuevas formas de relación entre los seres humanos, las modificaciones que provoca el avance tecnológico y el contenido de los medios de comunicación. Lyotard especialmente presenta a una sociedad “fragmentada” en la que los metarelatos dejan de ser los grandes principios orientadores debido a que no han cumplido con la utopía planteada por el espíritu de la modernidad. La forma de superar esta “utopía fracasada” es mediante el rechazo a todo proyecto unificador y totalizante.
Aún sin asumir integralmente cualquiera de estas dos posturas resulta perceptible que el mundo occidental camina en dirección de una “deshelenización de la cultura”; es decir, el declive de la razón como principio decidor de todo. Vemos como en el mundo contemporáneo se suscita la conformación de sub-culturas que construyen su propia ética a partir de “consensos sociales blandos” que constituyen el punto de llegada luego de la puesta en común de las elecciones privadas sin cohesión alguna. Es decir, son el producto de un acuerdo sobre lo que es un valor, debido a que los valores universales ya no lo son por sí mismos. Lo que vale es ponerse de acuerdo sobre determinadas cosas, siempre y cuando no constituyan compromisos definitivos ni universales, sino transitorios y locales. Zygmunt Bauman utiliza la figura de “lo líquido” para referirse a estos fenómenos que se apartan de “lo sólido”, es decir de los fundamentos, las promesas de eternidad, las “opciones fundamentales”. La vida líquida es una vida obsolescente que varía su forma según el recipiente que el consumo disponga para almacenarla siempre momentáneamente.
Sobre la “deshelenización de la cultura” se podrían dar diferentes signos pero quisiéramos destacar especialmente que, en el mundo contemporáneo estamos ante la existencia de grupos culturales conformados no por el mismo imaginario social sino por la identificación individual que las personas sienten hacia el grupo. El valor de la solidaridad se desenvuelve en pequeños escenarios dando paso una solidaridad “únicamente entre nosotros”. Como describe Michel Maffesoli vivimos “el tiempo de las tribus” ya que los grupos humanos manifiestan en su agrupaciones nuevos ritualismos, simbologías, relatos identitarios pero en el marco de la apropiación de los consumos culturales y la cibernética por lo que merecen el nombre de “tribus urbanas”.
En esta misma línea podemos señalar la transformación que han sufrido las relaciones basadas en la justicia dado que ahora es difícil que se extiendan más allá del “micro grupo de idénticos”. Tal vez esto sea signo de un “narcisismo colectivo” que vea como único valedero las realidades ad-intra del grupo. Esta concepción puede correr el riesgo llegar a ser inhumana en la medida que se acerque al desprecio racista del que se impregnan las sociedades occidentales; o a su vez, traducirse políticamente en un diseño de proyectos que son únicamente “de los de arriba” y que manifiestan una clara incomprensión de los derechos de los “otros diferentes” y con un colonialismo interno que no permite la autonomía cultural y política.
En medio de estas expresiones de nuevas culturas emergentes se despiertan sensibilidades que pretenden hacer que busquemos en la riqueza de nuestros pueblos nuestras verdaderas raíces de identidad y no los principios axiológicos del neoliberalismo que incluso han ido conduciendo a la destrucción de nuestro planeta. Es necesario que, desde América Latina, pueda acontecer también un alumbramiento que permita la construcción de un ethos en el que confluya la riqueza de nuestra región. Como hemos señalado anteriormente, la racionalidad no tiene fines en sí misma, es una técnica; por lo tanto, si los pueblos latinoamericanos desarrollan la razón lógica pueden construir un modelo propio que no sea precisamente una modernidad al estilo europeo. La modernidad intrínseca que nos ha sido negada históricamente no puede devenir en nuestro propio desprecio sino en la construcción de un modelo propio de desarrollo mediante el cual se pueda generar una mentalidad científica de rebeldía crítica y emancipación como apuntaba Paulo Freire.
Como muestra encontramos en las raíces de nuestros pueblos latinoamericanos, la riqueza de una comunión comprendida no únicamente como una experiencia suscitada a partir de la agrupación de seres concientes en torno a un objetivo o un sentir común, sino como la relación recíproca que se genera a partir de la interacción armónica de nuestro ser integral con la energía vital que rige el universo. En las fuentes de nuestros pueblos es posible redescubrir las lecciones más valiosas sobre la centralidad de la vida (biocentrismo), superando el retroceso que generó la occidentalización al predicar un antropocentrismo que ha resultado depredador.
Valorar la herencia de los pueblos indígenas de América Latina para desarrollar una práctica eco-social fundada no en el crecimiento ilimitado de la producción y el consumo, sino en el paradigma de lo suficiente, que promueve la disposición de limitar la acumulación y el consumo de los bienes materiales, por respeto a los límites de la naturaleza y por la toma de conciencia de que, cuanto más excesivos son los bienes materiales acumulados por individuos y naciones, menor es su capacidad de desarrollo mental, ético y espiritual. Se trata de crear la civilización de la simplicidad, que parte de las necesidades populares básicas como fundamento para el nuevo modelo de acumulación.
Una de las fuerzas de la región radica en esa fraternidad que supera los raciocinios estériles, al permitirnos aceptar al otro como legítimo otro y la otra como legítimamente otra –con sus diferencias- y al considerar como parte de nuestra hermandad a todo el universo del que formamos parte. En el contexto actual demanda la universalización también de valores como la reciprocidad y la corresponsabilidad (tan arraigados en los pueblos indígenas) que pueden ser la puerta para emprender acciones creativas que revivan la emoción del encuentro con el otro debido a que enlaza el “yo” con el “nosotros”, evitando el individualismo de orden capitalista y el colectivismo de orden real socialista. Hay que dar pasos para la construcción de consensos pero no exclusivamente entre el grupo de idénticos sino en la valoración de la diferencia.
Considero que uno de los problemas centrales por el cual el proyecto de la Ilustración, como dice Adorno, se convirtió en un proyecto de devastación, fue la creencia de una “razón pura” o un “espíritu absoluto” capaz de comprender la realidad de manera universal, neutra, homogénea y objetiva a partir de lo que un grupo selecto de sujetos (la “alta cultura”) era capaz de hacer, anulando de esta forma los relatos particulares o desconociendo el carácter social del conocimiento. Una forma, ni la única ni la última, para superar esto lo encontramos en el giro lingüístico que hace la filosofía en el siglo XX, y en dos elementos principalmente: 1) la realidad no se manifiesta “desnuda” al sujeto, sino que lo hace mediada por el lenguaje (Wittgenstein) o por unas interpretaciones que anteceden al sujeto (Heidegger, Gadamer) lo cual exige coordinar los puntos de vista para alcanzar un entendimiento (Habermas); 2) la realidad no se hace presente en el vacío, sino que está contextualizada, todo objeto se manifiesta sobre un trasfondo, sobre un “a priori mundano” que lo podemos llamar “mundo de la vida” (Husserl, Schutz), en otras palabras, no es posible olvidar la mediación cultural que tiene el conocer.
QUIENES TIENEN CLARO EL ETHOS?
En este mundo moderno o posmoderno, efectivamente necesitamos un ethos vàlido, pero quiènes lo tienen claro?
El poder de adquisiciòn sin duda, parece definir al ser humano, quien maneja la tecnologìa, puede manejar al mundo, el saber es poder… Pero el poder de oprimir y fomentar la miseria?
seguramente esta corriente neoliberal, capitalista, inhumana no lo tiene claro…
Sin duda necesitamos nuevas cosas en las que creer, sin duda aquellas que integran muchos criterios:
El SABER porque no podemos ser desatinados y hablar sin ningùn conocimiento previo, empleando la inteligencia que construya nuevas espectativas de vida y convivencia;
El SER porque el individuo humano como tal es el responsable de la armònica convivencia social, que guiado por el saber, crea las normas vàlidas de bienestar y felicidad, que busquen el bien comùn.
el SENTIR puesto que no somos ajenos a ningùn cambio, a ninguna realidad, porque somos ciudadanos del mundo que tenemos la capacidad privilegia de sencibilizarnos, motivarnos…
El COSMOS entendido como toda expresiòn de vida y la interacciòn de todos los concurrentes, el hombre es el custodio de todo cuanto en sì mismo es y lo rodea, pero no aislado sino como del todo.
Entonces reconocièndonos como UNO EN TODO, podrìamos ser sin desaparecer ni destruir…
Los valores de pràctica actual, deben potenciarse y practicarse sin segregarismo alguno, no hacerse de menos cual insignificancia carente de valor…
Debemos aprovechar la coyuntura de que el hombre deja el oscurantismo y vuelve a la revalorizaciòn de sì mismo, pero en comunidad, no sòlo como el individuo que coexiste en sì mismo, sino que interactùa: porque “el ser no es solo ser sino tambièn sus circunstancia”
Creo que uno de los valores que debemos rescatar de los pueblos indígenas es el valor de la vida. Y obviamente la vida para ellos era una vida digna, en especial libre. Y hoy la mayor parte del mundo no tiene una vida digna y realmente libre -aunque la libertad puede ser de alguna manera interior-. Pero fijémonos en la poca libertad que pueden expresar los millones de pobres que ni siquiera creen importante su opinión frente a los cambios y “momentos de terror” en los que vive el mundo. Y es allí donde inicia nuestra misión, pues solidaria y efectivamente debemos incluirles en procesos de aprendizaje, mediante los cuales aprendan principalmente a leer y a escribir la realidad que está siendo, como nos dice Freire; es decir para escribir juntos una nueva Historia es necesario que muchos aprendan a darse cuenta que lo que hoy sucede es porque así está siendo, pero eso no significa que así tiene que seguir siendo. Entonces reescribamos una nueva realidad en la que juntos privilegiemos el amor.