Relaciones humanas y afectividad en la modernidad tecnológica

17 07 2009

Reflexiones a partir de la lectura de “El eros electrónico” de Román Gubern

 

Jorge Daniel Vásquez

 

La modernidad tecnológica obliga a pensar en la transformación de las relaciones humanas debido a que la comunicación crea una nueva forma de entender la interacción entre biología y cultura que hacen del ser humano un animal cultural o animal simbólico. El conjunto de símbolos que permiten la comunicación de la humanidad, en la era actual de las nuevas tecnologías, encuentra en la televisión un espacio privilegiado por referir los consumos culturales. Vivimos en una sociedad de la pantalla que, a decir de Román Gubern, encuentra en el teleputer (de televisor + computer) el lugar central en la panoplia de las nuevas tecnologías y que ha logrado que “en el umbral del nuevo siglo el televisor esté dejando de ser un terminal audiovisual que recibe pasivamente unos pocos mensajes monodireccionales para adquirir un estatuto de artefacto poliutilizable, que primará la autoprogramación y la interactividad de su operador”[1]. Es decir, que en la coyuntura actual las relaciones humanas se debaten entre una cultura claustrofóbica (que enfatiza en la seguridad del hogar) y la cultura agorafílica (que se desenvuelve en el peligro de la calle). La segunda evita el riesgo de la “soledad electrónica” que es el nuevo tipo de paramnesia mediática que puede llegar a ser un motivo contemporáneo para la depresión.

La modernidad tecnológica es una propuesta que multiplica el tiempo de ocio del cual disponemos las personas pero sigue siendo una falacia el mejoramiento de  la capacidad adquisitiva de las clases populares. Sin embargo, la modernidad tecnológica sí logra involucrar a los sujetos de diferentes clases a través del manejo de la esfera emocional. Los anuncios publicitarios cada vez más apuntan no a la demostración de la conveniencia del producto que ofertan sino a la excitación de los deseos de la audiencia. El discurso argumentativo ha sido despojado por un discurso de lo emocional que apela a conseguir una determinada inclinación de los sujetos hacia distintos consumos sin dirigirse a su esfera intelectual. Este fenómeno no puede ser contemplado como un hecho aislado sino como parte del potencial de cambio que las tecnologías implican para las relaciones humanas: “… la televisión ha comportado también una drástica reestructuración del ecosistema cultural contemporáneo… su importante absorción del tiempo de ocio de los ciudadanos afecta decisivamente al consumo de las restantes industrias culturales”[2]. Las relaciones entre las personas mudan dado que la apropiación de los consumos culturales que a diario realizamos es el elemento base de las conversaciones, planes, gustos, prioridades, elecciones, que se realizan diariamente en un “mundo del ver”.

Este mundo-del-ver parece tener como garantía de lo real a la imagen, como dice Gubern: “En efecto, en nuestra sociedad mediática las imágenes certifican la realidad y, si no hay imágenes, nada ha sucedido y nadie se inmuta”. Llevando esto al plano de lo individual el nivel afectivo de los individuos puede depender la imagen que logre construir de sí mismo pero bajo los parámetros determinados por la cultura del espectáculo con los valores de “hedonismo, ludofilia, escapismo, consumismo y meritocracia”[3] que transmite preferentemente. Aunque la seducción de la imagen personal es, en realidad, un asunto interior al invento de la televisión el eclecticismo y la “senbilidad plural y poliédrica” en relación a la identidad se hacen presentes más que nunca. Es importante señalar que, en el mundo-del-ver la imagen que construimos de nosotros mismos no es sólo para el ámbito público ya que “el ver” conseguido por la tecnología comunicacional rompe la barrera entre lo público y lo privado. La imagen que construimos de nosotros debe parecer tan real en el espacio “íntimo” de la casa como en la calle.

El tema no es tan sencillo debido a sus efectos. Para señalar las posibles patologías de esta nueva condición humana Román Gubert señala: “Todas las patologías dismorfofóbicas, inducidas por los medios audiovisuales, derivan de una preocupación acerca de la propia imagen, preocupación que no es rara que se haya desarrollado en nuestra sociedad exhibicionista, presionada por los modelos mediáticos de perfección estética corporal”[4], a lo que ha denominado síndrome de Eróstrato inspirándose en el joven personaje efesio que por captar fama llegó a quemar el templo de Artemisa.

El mundo-del-ver también genera también un nuevo paisaje para las relaciones humanas en la forma como organiza la sociedad desde un “darwinismo cultural” en el que el factor primordial para lograr la subsistencia de la especie es la información-conocimiento. Esta concepción apunta a la especialización como el medio de subsistencia pero a su vez como una vía de creación de una incondición humana (el “sabio ignorante” de Ortega), porque el hombre ha sido creado para no adaptarse al medio sino para poder ser cambiante. Es por que la modernidad tecnológica desafía al hombre a desarrollar nuevos tipos de relaciones que tomen en cuenta lo efímero del conocimiento y el carácter nómada de los afectos.

En el momento en que la modernidad tecnológica experimenta en búsqueda de máquinas que pueden tener afectos a ejemplo de los seres humanos, cada vez más los afectos entre los seres humanos desarrollan un carácter obsolescente. Román Gubern desarrolla cuáles son “los imposibles” que encuentran las máquinas para llegar a un desarrollo emocional de la inteligencia artificial. Entre otros podemos contar los siguientes: la inteligencia humana comienza con la percepción selectiva e intencional del mundo que rodea a los sujetos, cada inteligencia humana es fruto de una herencia genética y de una biografía individualizada, la memoria mecánica carece de libertad, las memorias de las máquinas son emocionalmente indiferentes, las máquinas carecen de autoconciencia, no pueden descubrir problemas que estén fuera de ellas[5]. Pero llama la atención que a la vez que se demuestra las insuficiencias de la máquina en relación al “modo de sentir de los humanos” los humanos se acercan a la fragmentación de sus vínculos gracias a las mismas máquinas. La tecnología comunicacional permite que las personas que comuniquen a distancia pero que a su vez se mantengan a distancia con lo cual se evade la responsabilidad que implica el encuentro cara a cara, aún cuando en la realidad virtual resulta complicado definir lo que es el “cara a cara”.

La modernidad comunicacional (la modernidad del desarrollo tecnológico) facilita la virtualidad de las relaciones humanas en la que podríamos decir, que la confianza es virtual ya que lo que vemos no es una confianza real sino una imagen que puede ser tan pasajera como lo son las relaciones entre humanos. Es por eso que la reflexión sobre las nuevas tecnologías no puede referirse únicamente a su carácter redentor sino a los factores sociales en las que se insertan.

 

 

 

 

 

 


[1] Román Gubert, El eros electrónico¸ Editorial Taurus, Madrid, 2000, pág 14

[2] Ibid, pág 30

[3] Ibid, pág 27

[4] Ibid, pág 50

[5] Cfr. Ibid, pág 82 – 109

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