Tecnología, cultura y lenguaje

17 07 2009

 

Relaciones encontradas a partir de la lectura de “Ciberculturas 2.0”  de Alejandro Piscitelli

 

Jorge Daniel Vásquez

 

            Para comprender la sociedad cambiante hay que partir del reconocimiento que los giros que se presentan en el orden mundial y que repercute en nuestros ordenes locales no son simplemente provocados por revoluciones que responden a fechas fundantes sino que los principales artífices de las mudanzas de la humanidad son los cambios tecnológicos y de forma especial los que corresponden a la tecnología comunicacional.

            Como dice Alejandro Piscitelli “no sabemos si la naturaleza humana cambió drásticamente a lo largo del tiempo. Lo que sí sabemos es que las personas hacen cosas diferentes en entornos distintos”[1] y esta constatación nos orienta en la reflexión de que resulta inapropiado discutir si el cambio se ha dado en la “naturaleza humana” porque las transformaciones que evidenciamos en la cotidianidad son de carácter cultural. Es decir, las transformaciones hacen referencia a todo aquello que la humanidad ha producido pero sin cerrarse a la posibilidad que señalan “los integrados” al decir que, en el devenir de la historia pueda producirse una interfaz mínima entre los aparatos y los seres humanos que haría a los humanos más inteligentes gracias a la amplia red de computadores y usuarios que nos convierte a todos en entidades de “inteligencia más que humana”. Entonces, la hipótesis fundamental consiste en aceptar que, desde la construcción de computadoras dotadas de una inteligencia-más-que-humana (IMQH) llegaremos a una neuroingeniería que proveerá los medios para aumentar exponencialmente la inteligencia humana.

            Aún cuando este grado de evolución, o estado “poshumano” nunca llegara a acontecer sería demasiada ingenuidad simplemente descartar la posibilidad de que realmente vea la luz. Signo de esto son las diferentes simbiosis que se dan entre lo humano y lo maquinal en el arte, el deporte y la medicina. El desarrollo de la nanotecnología, con la posibilidad de desarrollarse hasta la producción de aparatos moleculares, puede conducir no sólo a la manipulación de los sistemas organizados en la naturaleza (por ejemplo una gota de agua o una película de ADN)  sino a la creación de los que Piscitelli denomina “máquinas reparadoras de células”. Esta realidad inverosímil se vería concretada el momento que las estructuras diminutas producidas por la nanotecnología pudieran crear estructuras cambiantes de acuerdo al gusto de los operadores de las computadoras.

            Según Piscitelli, al situar este grado poshumano de la existencia como uno de las probables comprobaciones de la aplicación de la microtecnología se reafirma que la revolución de las computadoras aún no se ha concretado, al menos, totalmente ya que los usos que se han dado a las máquinas son aquellos que se les ha otorgado desde su inicio con la diferencia que ahora desempeñan idénticas tareas pero de forma más ágil y a un costo menor.[2] Sin embargo, las mutaciones que se dan a nivel cultural sí que hacen pensar en un orden distinto que exige “repensar la tecnología”.

            La visión reduccionista de que la tecnología se refiere a los objetos o aparatos que podemos adquirir o a la producción de países conocidos como “potencias mundiales” resulta desorientadora en la coyuntura actual. Piscitelli pretende introducir la tecnología como “todas aquellas conversaciones que ocurren a nuestro alrededor, en las cuales inventamos nuevas prácticas y herramientas para conducir las organizaciones y la vida humana”[3]. Siguiendo esta definición, las herramientas que produce la tecnología no son únicamente inventos que se pueden identificar como artefactos sino que son la invención de nuevas prácticas en nuestra forma de ser-en-el-mundo. La innovación o invención de nuevas prácticas implica necesariamente la invención de nuevas herramientas que puedan sostener sus nuevas posibilidades de acción; es decir, necesita un lenguaje. El lenguaje como herramienta creadora de realidades es el medio principal para diseñar los nuevos intereses en el mundo.

            En el caso del tercer mundo, esta competencia en el lenguaje debe ser demanda, conseguida, luchada debido a que la tecnología constituye también el principal factor desencadenante de nuestra transformación cultural. Con las posibilidades desbordantes que contiene la tecnología es fácil comprender que los países de mayor desarrollo tecnológico construyan utopías en las que los seres humanos sean los artífices de una evolución hacia un mayor grado de perfección con miras también a que las inteligencias-más-que-humanas puedan autoreproducirse de tal forma que no sea necesario la producción de nuevos materiales porque la adquisición de un nanoproducto una única vez bastaría (debido a su capacidad de autoregeneración), con lo cual entraría en crisis el actual sistema socioeconómico basado en la competencia entre los que tienen y la acumulación desigual. Ante la eventualidad de este fenómeno, en el actual mundo globalizado, pensar en la posibilidad de una desconexión de las economías de los países de la periferia de los poseedores de las grandes economías agrava aún más la perspectiva de empobrecimiento.

            La competencia en el lenguaje que demandan las transformaciones tecnológicas es la de un lenguaje que crea realidades pero a partir de la máquina. Este fenómeno implica también una transformación cultural debido a que, como dice Piscitelli, “las técnicas de la imagen numérica inducen nuevas formas de mirar… Su horizonte es la ventana utópica a través de la cual se vuelve visible el universo entero en todas las escalas y en todos los modos de representación imaginables”[4]. Dentro de la máquina existe un mundo virtual que nuestro cerebro logra identificar como tal siempre y cuando esté conciente de la realidad de la ilusión. Sin embargo, la realidad virtual rompe la frontera que separa lo real de lo ilusorio con lo cual ésta vuelve creíble y visible. El lenguaje actual tiene que ser el de una tecnología intelectual que enseñe a diferenciar lo real de lo virtual para asumir con criticidad la capacidad de transformación cultural de la tecnología así como sus consecuencias benéficas y perjudiciales.



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