Jorge D. Vásquez
Imaginar es también una forma de pensamiento
David Bohm
Al inicio: ¡Atreverse!
Quiero hablar de tres obras de arte en las cuales podemos sentirnos representados como seres humanos. Sé que lo que pretendo decir es una generalización atrevida, pero entiéndase que mi intención no es dar ningún mensaje moralizador sobre lo que deberíamos ser como humanidad; sino simplemente compartir el resultado de una contemplación ante tres obras artísticas que de cierta forma hablan de mí mismo.
En esto hay un “atrevimiento” como lo calificaría Tirsa Ventura. Mi primer atrevimiento es decir que una imagen puede ser el punto que contiene una totalidad; es decir, el lugar parcial que contiene al todo. El rincón desde el cual se puede ver el holograma que lo contiene. No obstante, cada una de estas imágenes va a representar tres formas de ver el mundo y tres formas de vernos a nosotros mismos. La selección de las obras es una arbitrariedad que ojalá pudiera convertirse en una intuición, pero poderosamente me llama la atención su poder evocativo: La creación de Adán de Miguel Ángel, realizada en 1511, El pensador, escultura realizada por Auguste Rodin en 1880, y la primera foto de la Tierra tomada desde la luna en 1969.
Cada una de estas tres imágenes puede representar tanto una época entera como un determinado tipo de sujeto. Sin embargo, para nosotros representa además al sujeto que lo mira. Ese es el paso que desde el paradigma holográfico podemos dar hacia dentro de una nueva forma de concebir nuestro poder de mirar. Al ver la obra, no sólo recreamos la obra o le damos sentido, sino que al verla nos contemplamos en ella. Es, quizá una experiencia estética holográfica.
En los principios sobre la apreciación del arte nos enseñaron a distinguir entre la recepción y la percepción. La percepción era ese momento segundo en el cual la voluntad y la conciencia reconstruyen la obra que nuestro ojo ha captado. Sin embargo, algo queda faltando cuando desde una postura holística percibimos que nuestro ojo no es simplemente la versión primigenia de un telescopio o de una cámara, sino que constituye la orilla del universo. En nuestro ojo se encuentra esa tela casi imperceptible mediante la cual podemos autoafirmarnos como sujeto en unión con el universo. No habría un universo exterior que es re-significado por nuestro universo interior, sino que se trata de un movimiento, un equilibrio dinámico entre aquello que es percibimos y nos percibe. Religamos con el cosmos a través de la mirada.
Una mirada intencionada sobre una obra de arte es un acto decisivo de creación. Un acto que performa la realidad a través de nuestra conciencia de co-creadores de eso que llamamos realidad. Es decir, el conocimiento es un acto de creación y por lo tanto, no se percibe (pasivamente) a través de los sentidos, ni de la comunicación sino que es construido activamente por el sujeto en su experiencia consigo mismo y con otros. Leer el resto de esta entrada »
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